miércoles 20 de mayo de 2009

NOTA SOBRE EL MANUSCRITO

John Norman. Mi amigo Harrison Smith, un joven abogado de la ciudad, me ha dejado hace poco un segundo manuscrito que, al parecer, procede de Tarl Cabot. Su deseo era que enviara este segundo documento a un editor, de la misma manera que había ocurrido con el primero. Esta vez, sin duda, debido a las cartas y preguntas a que dio origen el primer manuscrito titulado “El guerrero de Gor”. Le he pedido a Smith que escribiera una especie de prólogo a este informe; que nos aclarara su propia participación en el asunto, y que nos relatara algo más acerca de Tarl Cabot a quien yo aún no he tenido la suerte de conocer personalmente.

Exploradores de Gor, Mercenarios de Gor

26 - UNA CARTA DE TARL CABOT

Escrito en la Ciudad de Tharna a los 23 días de En´Kara, en el cuarto año del reinado de Lara, Tatrix de Tharna, en el año 10.117 posterior a la fundación de Ar.

¡Tal a los hombres de la Tierra! Durante los últimos días que pasé en Tharna me he tomado el tiempo necesario para redactar este relato. Ahora que lo he concluido deberé emprender el viaje hacia las Montañas Sardar. Dentro de cinco días me encontraré delante del portón negro, en las empalizadas que rodean las Montañas Sagradas. Golpearé el portón con mi lanza y éste se abrirá, y cuando lo atraviese oiré el sonido lastimero de la enorme barra hueca que cuelga junto al portón, y que indica que nuevamente un ser que habita a la Sombra de los Montes, un mortal, se ha aventurado a pisar las Montañas Sardar. Entregaré este manuscrito a un miembro de la Casta de los Escribas que seguramente encontraré en el mercado de En´Kara, al pie de las Montañas. Si el manuscrito sobrevivirá depende, como tantas otras cosas en este mundo bárbaro que yo he llegado a amar, de la voluntad inescrutable de los Reyes Sacerdotes. Ellos me han maldecido a mí y a mi ciudad. Ellos me han separado de mi padre y de la muchacha que amo, así como también de mis amigos, y me vi expuesto al sufrimiento, a privaciones y peligros; y sin embargo, siento que, de alguna manera extraña, a pesar de mí mismo, he servido a los Reyes Sacerdotes, que fue su voluntad la que me condujo a Tharna. Ellos destruyeron una ciudad y, en cierto modo, dieron a otra una nueva vida. Yo no sé quiénes o qué son los Reyes Sacerdotes: pero estoy decidido a averiguarlo. Pero hablemos de Tharna. Tharna se ha convertido en una ciudad totalmente diferente a la que había sido jamás a lo largo de su historia. Su soberana, la dulce y hermosa Lara es, sin lugar a dudas, una de las soberanas más inteligentes y justas en este mundo bárbaro, y ha sido su ingente tarea la de unir una ciudad dividida por las luchas civiles, de reconciliar los distintos grupos y de tratarlos con justicia a todos. Si los hombres de Tharna no la hubieran querido como la quieren, esta labor le habría resultado imposible de realizar. Cuando ascendió nuevamente al trono, no fueron pronunciadas proscripciones de ninguna clase, sino por el contrario se declaró una amnistía general para todos, tanto para aquellos que habían luchado a su lado como para los que habían defendido a Dorna la Orgullosa. Sólo las máscaras de plata de Tharna no fueron incluidas en esta amnistía. En las calles reinaba una atmósfera violenta y los hombres, rebeldes y defensores, se unieron en una caza brutal de las máscaras de plata. Estos pobres seres eran acosados de cilindro en cilindro, de cámara en cámara. Cuando finalmente eran descubiertas, se les arrancaba la máscara del rostro, eran arrastradas a la calle, encadenadas y llevadas al palacio. Muchas máscaras de plata fueron encontradas ocultas en salas sombrías del mismo palacio, y los calabozos de los sótanos se colmaron muy pronto de bellas y tristes prisioneras. Poco tiempo después las jaulas de los animales en los sótanos del ruedo de los Espectáculos de Tharna tuvieron que ser habilitadas como cárceles y, por último, se tuvo que hacer lo mismo con el ruedo. Algunas máscaras de plata fueron descubiertas incluso hasta en las alcantarillas debajo de la ciudad. Eran arrastradas por urts gigantescos, atados a correas y luego apresadas a la salida, con redes. Otras máscaras de plata habían buscado refugio en las montañas, lejos de la ciudad, y eran cazadas como eslines por los campesinos airados; juntaban a todas y finalmente las llevaban a la ciudad. Sin embargo, la mayoría de las máscaras de plata, cuando se dieron cuenta que habían perdido la batalla y que las leyes de Tharna habían cambiado inexorablemente, salieron por propia voluntad a la calle. Se sometían de la forma tradicional a la mujer goreana cautiva: se arrodillaban, bajaban la cabeza y levantaban los brazos con las muñecas prontas para ser esposadas. Me encontraba al pie del trono de oro cuando Lara dio la orden de que se destruyera la enorme máscara que colgaba detrás de ella. Ese rostro frío y sereno ya no presidiría la cámara del Trono de Tharna. Los hombres de Tharna habían contemplado incrédulos cómo la enorme máscara se había tambaleado, cómo había caído hacia adelante y, arrastrada por su propio peso, finalmente se había soltado y había caído por los escalones del trono, quebrándose en cien pedazos. ―¡Fundid la máscara! ―dijo Lara―. Con el oro deben acuñarse discotarns de oro, que serán distribuidas entre quienes han sufrido en estos tiempos sombríos. ¡Y agregad a los discotarns de oro ―exclamó― monedas de plata, que serán acuñadas con las máscaras de nuestras mujeres! ¡De ahora en adelante ninguna mujer de Tharna podrá llevar una máscara, sea de oro o de plata, ni siquiera si se trata de la Tatrix en persona! Y como según las tradiciones goreanas su palabra era ley, desde ese día ninguna mujer goreana pudo llevar una máscara. Poco tiempo después de la revolución comenzaron a brillar en las calles de Tharna los colores de las castas goreanas en la vestimenta de los ciudadanos. Las maravillosas sustancias satinadas de los Constructores que habían sido prohibidas hacía mucho tiempo, por considerárselas caras y frívolas, adornaban ahora los muros de los cilindros e incluso las murallas de la ciudad. Las calles de grava fueron provistas de empedrados multicolores con diseños que alegran la vista. La madera del gran portón fue pulida y los puentes, pintados de colores vivos. Es frecuente oír en Tharna el sonido de las campanas de las caravanas, pues multitudes de mercaderes se han acercado a los portones de la ciudad para explotar ese mercado tan sorprendente. De vez en cuando la montura de un tarnsman se adorna con un jaez de oro. En un día de mercado vi a un campesino con una bolsa de Sa-Tarna sobre su espalda y ataba sus sandalias con un cordón de plata. He visto viviendas en las cuales relucían tapices provenientes de los talleres de Ar y de vez en cuando observé bajo mis pies las alfombras coloridas del lejano Tor. Quizá parezca un detalle insignificante el descubrir en el cinturón de un artesano una hebilla de plata al estilo de las que se usan en las montañas de Thentis o descubrir en el mercado las sabrosas anguilas desecadas provenientes de Puerto Kar; pero estas cosas, aunque parezcan insignificantes hablan de una nueva Tharna. En las calles oigo los gritos, cantos y ruidos típicamente goreanos. La plaza del mercado ya no es sólo una superficie empedrada donde los hombres se limitan a comprar y vender. Se ha convertido en un lugar de reunión donde se encuentran los amigos, se intercambian invitaciones, se discute de política y se habla del tiempo, la estrategia, la filosofía y la manera de tratar a las esclavas. Un cambio que me parece interesante, aunque no pueda aprobarlo del todo, es el hecho de que han sido retiradas las barandas de los elevados puentes de Tharna. Pensé que ésta era una medida carente de sentido y peligrosa, pero Kron dijo simplemente: ―Quien tema transitar por los puentes elevados debe mantenerse alejado de ellos. También podría mencionar que los hombres de Tharna se han acostumbrado a llevar en el cinto de sus túnicas dos cordones amarillos, que miden aproximadamente cincuenta centímetros. Gracias a esta peculiaridad, los hombres de otras ciudades pueden reconocer a un habitante de Tharna. Veinte días después de que se lograra la paz en Tharna se determinó la suerte que correrían las máscaras de plata. Despojadas de sus máscaras, sin velos, atadas una a otra por el cuello, con las muñecas sujetas en la espalda, fueron llevadas al ruedo de los espectáculos de Tharna. Allí tendrían que oír la sentencia de Lara, su Tatrix. Se arrodillaron delante de ella ―estas mujeres que habían sido una vez las orgullosas máscaras de plata y ahora sólo eran prisioneras indefensas y aterrorizadas―, en la misma arena brillante sobre la cual tantas veces se había derramado la sangre de los hombres de Tharna. Lara había pensado durante mucho tiempo acerca del fallo adecuado y se había dejado aconsejar por muchos, entre los cuales también me encontraba yo. Finalmente tomó ella sola su decisión. No creo que mi sentencia hubiera sido tan dura, pero admito que Lara conocía mejor que yo a su ciudad y a las máscaras de plata. Por supuesto sabía que no era posible ni deseable restablecer el viejo orden vigente en Tharna. También estaba claro que Tharna no estaba preparada, después de la destrucción de sus instituciones, para ofrecer un refugio indefinido a la gran cantidad de mujeres libres dentro de sus murallas. La familia, por ejemplo, no había existido en Tharna a lo largo de generaciones, siendo remplazada por la división de los sexos y los segregados hogares públicos infantiles. Tampoco debemos olvidar que los hombres de Tharna hacían valer ahora sus derechos sobre las mujeres, a quienes habían conocido más de cerca durante la revolución. Ningún hombre que hubiera visto a una mujer en vestido de baile, oído sonar las campanillas en sus tobillos o que hubiera visto sus cabellos largos que caían libremente hasta la cintura, estaba dispuesto a vivir durante mucho tiempo sin poseer una criatura tan deliciosa. Tampoco resultaba lógico ofrecerles a las máscaras de plata la alternativa del exilio, pues esto hubiera significado condenarlas a una muerte violenta o a la esclavitud en tierras extrañas. A su manera, y teniendo en cuenta las circunstancias presentes, la sentencia de Lara fue compasiva, a pesar de ser recibida con gritos de queja por parte de las prisioneras. Cada máscara de plata tenía seis meses de plazo, durante los cuales podía vivir libremente en la ciudad y alimentarse en los comedores públicos, como había sido costumbre hasta antes de la revolución. Pero durante esos seis meses debía buscarse un hombre de Tharna, a quien ofrecerse como Compañera Libre. Si él no la tomaba como tal ―y pocos hombres de Tharna estaban dispuestos a conceder los privilegios de una camaradería libre a una máscara de plata―, podía convertirla sin más en su esclava, o bien rechazarla por completo. Si era rechazada, podía ofrecerse en las mismas condiciones a otro hombre, y quizás a otros más. Pero transcurridos los seis meses, en los que tal vez no hubiera encontrado a nadie, se le quita su derecho de iniciativa al respecto y pertenecerá al primer hombre que le coloque el collar delgado de la esclavitud alrededor del cuello. En este caso será tratada del mismo modo que una muchacha raptada sobre el lomo de un tarn de una ciudad lejana. En efecto; en vista de la disposición anímica de los hombres de Tharna, Lara les dio a las máscaras de plata una oportunidad en su sentencia, otorgándoles tiempo para que eligieran a un señor y después de ese lapso serían elegidas ellas mismas como esclavas. Así cuando hubieran pasado los seis meses estipulados, cada máscara de plata pertenecería a un hombre. No queda mucho más que contar. Kron permaneció en Tharna, donde ocupa un alto cargo en el Consejo de la Tatrix Lara. Andreas y Linna abandonarán la ciudad, ya que él afirma que hay muchos caminos de Gor que aún no conoce, y piensa encontrar en alguno de ellos la canción que siempre ha buscado. Le deseo de todo corazón que su búsqueda sea fructífera. Vera de Ko-ro-ba vivirá, al menos por ahora, en Tharna como mujer libre. Como no procede de Tharna no está sujeta a las limitaciones impuestas a las máscaras de plata. Si realmente permanecerá en la ciudad, es algo que yo no puedo saber. Ella es una exiliada, como yo y todos los demás habitantes de Ko-ro-ba, y a los exiliados a veces les resulta difícil acostumbrarse a una ciudad extranjera. A veces prefieren los riesgos del camino al amparo de las murallas extranjeras. En Tharna también se encontraría con el recuerdo de Thorn, el guerrero. Esta mañana me he despedido de la Tatrix, la noble y hermosa Lara. Sé lo que hemos experimentado el uno por el otro, pero nuestro destino no es el mismo. Al despedirnos nos besamos. ―Sé una buena soberana ―dije. ―Trataré de serlo ―respondió, reclinando su cabeza en mi hombro―. Y si alguna vez sintiera la tentación de ser orgullosa o cruel ―dijo sonriendo― recordaré que una vez fui vendida por cincuenta discotarns de plata y que un guerrero me adquirió a cambio de una vaina de espada y un casco. ―Por seis esmeraldas ―la corregí, sonriendo. ―Y un casco ―dijo y se rió. Pero había lágrimas en sus ojos. ―Te deseo que seas feliz, hermosa Lara ―dije. ―Y yo te deseo lo mismo, guerrero ―respondió. Me miró, con sus ojos llenos de lágrimas, pero sonriente. ―Y si llegara el momento, guerrero, en que desearas una esclava ―dijo―, piensa en Lara, Tatrix de Tharna. ―Lo haré, Lara ―le contesté. La besé y nos separamos. Ella reinará en Tharna y reinará bien, y yo comenzaré mi viaje hacia las Montañas Sardar. No sé qué es lo que encontraré allí. Durante más de siete años he cavilado acerca de los misterios escondidos en aquellas regiones apartadas. He cavilado acerca de los Reyes Sacerdotes, acerca de su poder, sus naves espaciales y sus agentes, sus planes relativos a Gor y a mi mundo; pero ante todo quiero saber por qué fue aniquilada mi ciudad, por qué sus habitantes fueron dispersados, por qué no puede volver a colocarse una piedra sobre otra; y tengo que saber qué fue de mis amigos, de mi padre y de Talena, mi amada. Pero busco algo más que la verdad en esos Montes; dentro de mi cerebro arde un grito de venganza, mía por el derecho de la espada, mía porque yo soy el hombre que puede vengar a un pueblo desaparecido, a muros y torres derribados, a una ciudad que los Reyes Sacerdotes no aprobaban, pues ¡yo soy un guerrero de Ko-ro-ba! Yo busco algo más que la verdad en las Montañas Sardar: ¡busco la sangre de los Reyes Sacerdotes! ¡Pero qué insensato es hablar de ese modo! Hablo como si mi frágil brazo pudiera hacer algo contra el poder de los Reyes Sacerdotes. ¿Quién soy yo para desafiar su poder? No soy nada, ni siquiera una partícula de polvo levantada por el viento, como un minúsculo puño desafiante; ni siquiera soy una hierba que puede rozar los tobillos de los dioses en su marcha; pero a pesar de todo, yo, Tarl Cabot, iré a las Montañas Sardar, me enfrentaré con los Reyes Sacerdotes y, así fueran los dioses de Gor, les exigiré que me rindan cuentas. A veces me pregunto si habría emprendido este viaje si mi ciudad no hubiera sido destruida. Ahora me parece que si hubiera regresado a Gor, y a mi ciudad, y a mi padre, y a mis amigos y a mi amada Talena, quizá no me hubiera interesado penetrar en las Montañas Sardar, no me hubiera interesado renunciar a las alegrías de la vida para averiguar los secretos de aquellos montes sombríos. Luego surge ante mí la temida pregunta: ¿Y si la ciudad sólo había sido destruida para enviarme a los montes de los Reyes Sacerdotes, ya que ellos debían saber que yo iría a desafiarlos, que treparía incluso hasta las lunas de Gor para pedir explicaciones? De este modo, es posible que yo acaso me mueva según los designios de los Reyes Sacerdotes, que todo esto haya sido calculado y planeado por ellos. Por otra parte me repito a mí mismo que, sin embargo, soy yo el que me muevo y no los Reyes Sacerdotes, aun si me moviera según sus designios. Si su intención es que yo exija que me rindan cuentas, ésta es también mi propia decisión. Pero ¿por qué razón los Reyes Sacerdotes querrían que Tarl Cabot viniera a sus montañas? Él no es nadie para ellos, es sólo un guerrero, un hombre sin una ciudad a la cual poder llamar su patria, un proscrito. ¿Acaso los Reyes Sacerdotes con todo su poder y saber necesitan a semejante hombre? Ha llegado el momento de dejar la pluma. Sólo lamento que nadie vuelva de las Montañas Sardar, porque yo he amado la vida. Y en este mundo bárbaro la conocí en toda su hermosura y crueldad, con toda su gloria y tristeza. He aprendido que la vida es maravillosa y terrible y preciosa. La he visto en las torres desaparecidas de Ko-ro-ba y en el vuelo de un tarn, en los movimientos de una mujer hermosa, en el brillo de las armas y en el retumbar del trueno sobre los campos verdes. La he encontrado en las mesas de los compañeros de lucha y en el tintineo de las armas, en el contacto de los labios y el cabello de una muchacha, en la sangre de un eslín, en el ruedo y en las cadenas de Tharna, en el perfume de los talendros y en el chasquido del látigo. Estoy agradecido a los elementos inmortales que permitieron que yo viviera. Yo fui Tarl Cabot, guerrero de Ko-ro-ba. Y esto no pueden modificarlo ni siquiera los Reyes Sacerdotes de Gor. Está anocheciendo y en muchas ventanas de los cilindros de Tharna se encienden las lámparas del amor. Los fuegos de señal están encendidos sobre las murallas y el grito de vigías lejanos me dice que en Tharna todo está en orden. Los cilindros se van convirtiendo en siluetas oscuras. Pronto va a ser de noche. Pocos advertirán que un extranjero abandona la ciudad, quizá sólo unos pocos recuerden que alguna vez habitó tras sus muros. Mis armas, mi escudo y mi casco están a mano. Fuera oigo el grito del tarn. Estoy satisfecho. Os deseo buena suerte. Tarl Cabot UNA OBSERVACION FINAL SOBRE EL MANUSCRITO El manuscrito termina con la carta de Tarl Cabot. Esto fue todo. En los meses que siguieron a la entrega misteriosa del manuscrito no se ha recibido ningún mensaje, ninguna noticia. Por lo tanto supongo que Tarl Cabot realmente se internó en las Montañas Sardar. No haré ninguna especulación acerca de qué es lo que puede haber encontrado allí. Y no creo que sea probable que lleguemos a saberlo jamás.
Los cazadores de Gor

25 - EL TEJADO DEL PALACIO

Cuando Thorn se arrojó por los escalones y yo corrí a su encuentro se entremezclaron los gritos de guerra de Tharna y Ko-ro-ba.

Ambos arrojamos nuestras lanzas en el mismo instante, y las dos armas se cruzaron silbando una al lado de la otra con brillo difuso. Al lanzarlas, ambos habíamos colocado nuestros escudos en posición oblicua, para atenuar el impacto de un golpe directo. Ambos habíamos apuntado bien, y el impulso del proyectil macizo que golpeó mi escudo me hizo girar bruscamente.

La punta de bronce de la lanza había perforado las abrazaderas de latón del escudo y las siete capas de cuero de bosko endurecido. En semejante estado, el escudo no me servía en absoluto. De inmediato desenvainé mi espada y corté las correas que lo sostenían deshaciéndome de él.

Unos segundos después también el escudo de Thorn cayó estrepitosamente sobre las piedras de la Cámara del Trono. Mi lanza lo había atravesado y había pasado por encima de su hombro izquierdo.

Thorn desenvainó asimismo su espada y nos abalanzamos uno sobre otro como larls de la Cordillera Voltai, y nuestras armas se encontraron con un sonido penetrante: el sonido tembloroso y brillante de las espadas bien templadas.

La figura vestida de oro estaba sentada en el trono y contemplaba con aparente indiferencia cómo avanzaban y retrocedían los dos guerreros a sus pies; uno de ellos llevaba el casco azul y la túnica gris de Tharna y el otro estaba envuelto en la túnica escarlata común a toda la casta guerrera goreana.

Nuestros reflejos combatían sobre la superficie reluciente de la gran máscara de oro detrás del trono.

Contra el fondo de las regias paredes de la Cámara iluminadas por las antorchas nuestras sombras violentas, semejantes a gigantes deformes, entrechocaban entre sí.

De repente, las paredes de la Cámara de la máscara de oro reflejaron una sola sombra enorme y grotesca.

Thorn yacía a mis pies.

Le quité la espada de la mano y di la vuelta a su cuerpo con el pie. El pecho de Thorn se agitaba debajo de la túnica ensangrentada; estaba jadeante como si quisiera retener el aire. Su cabeza rodó hacia un lado.

Has luchado bien dije.

He vencido respondió, escupiendo las palabras en una especie de murmullo. En su rostro observé una risa contorsionada.

Me pregunté qué es lo que quería decirme con eso.

Di un paso hacia atrás y miré a la mujer sentada en el trono.

Lenta, torpemente, descendió del trono, acercándose a Thorn y entonces vi con asombro cómo se arrodilló junto al guerrero y apoyó llorando su cabeza sobre el pecho sangrante.

Limpié la espada en mi túnica y la envainé.

Lo siento dije.

Parecía como si la figura no me hubiese oído.

Me alejé para dejarla sola con su dolor. Escuché el sonido de pasos que se acercaban. Eran los soldados y rebeldes que entonaban en los corredores su himno, el canto de la labranza.

La muchacha levantó la cabeza y la máscara de oro me miró.

Yo no habría creído que una mujer como Dorna pudiera sentir algo por un hombre.

Thorn dijo te ha vencido.

Creo que no respondí sorprendido, y tú, Dorna la Orgullosa, eres ahora mi prisionera.

Una risa triste se oyó a través de la máscara, y sus manos enguantadas se la quitaron.

Junto a Thorn no era Dorna la Orgullosa quien estaba arrodillada, sino Vera de Ko-ro-ba, que había sido su esclava.

Ves dijo cómo te ha vencido mi señor, como él sabía que podría hacerlo; no con la espada sino ganando tiempo. Hace rato que Dorna la Orgullosa ha huido.

¿Por qué hiciste eso? dije.

Sonrió. Thorn me trató bien dijo simplemente.

Ahora eres libre.

Nuevamente inclinó la cabeza sobre el pecho sangrante del oficial de Tharna, con el cuerpo sacudido por los sollozos.

En ese instante, los soldados y rebeldes de Tharna, conducidos por Kron y Lara, penetraron en la sala.

Señalé a la muchacha que estaba a mis pies. No le hagáis daño ordené. Esta no es Dorna la Orgullosa sino Vera de Ko-ro-ba, quien fue esclava de Thorn.

¿Dónde está Dorna? quiso saber Kron.

Huyó respondí desalentado.

Lara me miró. Pero si el palacio está cercado dijo.

¡El techo! exclamé y recordé a los tarns. ¡Rápido!

Lara corría delante de mí y yo la seguía hacia el techo del palacio. Avanzaba con rapidez por los pasillos oscuros con la precisión de quien conoce bien el lugar. Por fin llegamos a una escalera de caracol.

Por aquí exclamó Lara.

La envié hacia atrás, y apoyándome con una mano en el muro, subí los escalones lo más rápido que me fue posible. Cuando subí encontré una trampilla; presionándola con la espalda la empujé hacia arriba. De repente pude ver el rectángulo celeste del cielo. La luz me cegó por un instante.

Sentí el olor de un gran animal peludo y también el hedor del excremento de tarn.

Emergí en el techo, entrecerrando los ojos, deslumbrados por la intensidad de la luz.

Había tres hombres sobre el techo, dos guardias y el hombre de las correas en las muñecas, quien había sido amo y señor de los calabozos de Tharna. Sostenía con una cuerda al gran urt blanco, con el cual ya me había familiarizado en los sótanos que se encontraban debajo del palacio.

Los dos guardias estaban ocupados en atar una canasta a la montura de un gran tarn de plumaje color castaño. Las riendas del animal estaban sujetas a un aro delante de la canasta. En ella se encontraba una mujer, que por su porte y figura reconocí como Dorna la Orgullosa, a pesar de que ahora sólo llevaba una simple máscara de plata.

¡Alto! grité, corriendo hacia ellos.

¡Mátalo! chistó el hombre del calabozo, señalándome con el látigo, y dejó en libertad al urt.

El monstruo se lanzó hacia mí furioso, con una velocidad inimaginable y antes de que yo pudiera prepararme adecuadamente para hacerle frente, se arrojó sobre mí, dispuesto a clavarme sus colmillos.

Mi espada se hundió en sus fauces, al tiempo que yo trataba de apartar su cabeza de mi cuello. Su grito salvaje de dolor debió oírse en toda Tharna. El cuello del monstruo se retorció y la espada me fue arrancada de la mano. Cerqué con mis brazos el cuello del animal y aplasté mi rostro contra su piel blanca y brillante. La espada se balanceaba de aquí para allá y finalmente cayó al suelo. Me prendí con fuerza al cuello del animal, para eludir sus mandíbulas que procuraban atraparme y las tres hileras de dientes blancos y afilados como cuchillos, que intentaban hundirse en mi carne.

El animal rodó por el suelo tratando de liberarse de mí; se retorcía y saltaba, se sacudía y se estremecía. El hombre con las correas de cuero había recogido la espada, y con el látigo y la espada nos acechaba, aguardando la oportunidad propicia para arremeter.

Yo trataba de hacer girar al animal lo mejor que podía, con el fin de interponer su cuerpo entre el mío y el hombre armado.

De las fauces del animal corría sangre que se deslizaba sobre su piel y mi brazo. Sentí cómo las gotas de sangre salpicaban mi rostro y mi cabello.

Después me di la vuelta, de manera que mi cuerpo quedó expuesto al ataque del hombre armado. Escuché su gruñido de satisfacción cuando procuró atacarme. Un instante antes de que pudiera darme una puñalada, solté el cuello del animal y me dejé resbalar debajo de su vientre. El urt trató de alcanzarme moviendo su cuello como un látigo y yo sentí cómo sus dientes largos y afilados raspaban mi brazo, pero en ese mismo instante escuché también un nuevo grito de dolor y un gruñido de horror por parte del hombre.

Rodé, saliendo por debajo del animal, y me volví para ver cómo se enfrentaba al hombre. Al urt le había sido arrancada una oreja y la piel en su costado izquierdo estaba empapada de sangre. El animal ahora había dirigido sus ojos hacia el hombre que sostenía la espada, quien le había asestado un nuevo golpe.

Oí la orden aterrorizada del hombre, el chasquido débil del látigo en un brazo casi paralizado por el temor, su chillido abrupto casi imperceptible.

El urt se arrojó sobre él y comenzó a devorarlo.

Aparté la vista de ese espectáculo y me volví hacia los otros.

La canasta había sido colocada en su lugar y la mujer se encontraba de pie dentro de ella sosteniendo las riendas.

La impasible máscara de plata estaba fija en mí e intuí que un odio indescriptible debía brillar en sus ocultos ojos oscuros.

Dorna se dirigió hacia los guardias: ¡Destruidle!

Estaba desarmado.

Con sorpresa advertí que los hombres no tomaron las armas. Uno de ellos le respondió.

Tú has elegido abandonar tu ciudad dijo. En consecuencia no tienes ciudad.

¡Bestia insolente! le gritó con voz chillona. Luego ordenó al otro guerrero que matara a su compañero.

Tú ya no gobiernas en Tharna contestó éste simplemente.

¡Animales! chilló.

Si te quedaras y murieras al pie de tu trono, te seguiríamos y moriríamos junto a ti dijo el primer guerrero.

Eso es cierto dijo el segundo. Quédate como corresponde a una Tatrix y nuestras espadas estarán a tu servicio. Huye como una esclava y pierde el derecho de disponer de ellas.

¡Imbéciles! exclamó.

Luego Dorna la Orgullosa me miró a mí.

El odio que sentía por mí, su crueldad, su orgullo, todo eso era tan tangible como un fenómeno físico, como una ola de calor o la formación de hielo.

Thorn murió por ti dije.

Ella se rió. El también era un insensato dijo, como todos los animales.

Me preguntaba cómo había podido Thorn sacrificar su vida por esta mujer. No parecía que aquí estuviera en juego la obligación de su casta, ya que realmente esta obligación no lo ataba a Dorna sino a Lara. Thorn había infringido las reglas de su casta al apoyar la traición de Dorna la Orgullosa.

De repente encontré la respuesta; de pronto adiviné que Thorn debía haber amado, a su manera, a esta cruel mujer; que su corazón de guerrero se había sentido atraído por ella, a pesar de que ésta nunca le había regalado siquiera una sonrisa o el roce de su mano. Y entonces supe que Thorn, un adversario disoluto y salvaje, había sido superior a ella, a quien había convertido en su amor trágico y desesperanzado. Amar a una máscara de plata había sido su perdición.

¡Entrégate! le grité a Dorna.

¡Jamás! respondió altivamente.

¿Dónde irás y qué piensas hacer? pregunté.

Yo sabía que Dorna tendría pocas oportunidades de sobrevivir como una mujer sola. A pesar de estar llena de recursos y artimañas, a pesar de las riquezas que debía llevar consigo, sólo era una mujer, y en Gor, incluso una máscara de plata necesita la espada de un hombre que la proteja. Podría ser atacada por animales salvajes, incluso por su propio tarn, o ser apresada por un tarnsman errante o una banda de traficantes de esclavos.

¡Quédate y sométete al juicio de Tharna! dije.

Dorna arrojó su cabeza hacia atrás y se rió.

¡Tú también eres un insensato! exclamó.

Tenía la primera rienda enrollada en su mano. El tarn se movía de un lado a otro impacientemente.

Miré detrás de mí y vi a Lara, que observaba a Dorna. Detrás de ella, Kron y Andreas, seguidos por Linna y numerosos soldados y rebeldes habían ascendido hasta allí.

La máscara de plata de Dorna la Orgullosa se dirigió hacia Lara, que no llevaba ninguna máscara y ningún velo. ¡Eres una desvergonzada! dijo despreciativamente. ¡No eres mejor que ellos, eres un animal!

dijo Lara, eso es cierto.

Desde el principio percibí eso en ti dijo Dorna. Nunca fuiste digna de ser la Tatrix de Tharna. Sólo yo era digna de ser la verdadera Tatrix.

Esa Tharna a la que te refieres ya no existe dijo Lara.

En ese instante los soldados, guardias y rebeldes alzaron sus armas dando la bienvenida a Lara como la Tatrix auténtica de Tharna.

¡Viva Lara, auténtica Tatrix de Tharna! exclamaron, y como era costumbre en aquella ciudad, la aclamación fue repetida cinco veces y cinco veces se blandieron las armas.

Las cinco aclamaciones parecieron repercutir como cinco golpes en el cuerpo de Dorna la Orgullosa.

Sus manos cubiertas por guantes de plata se aferraron furiosamente a la primera rienda.

Una vez más miró a los rebeldes, soldados, guardias y a Lara con un odio que podía sentirse, de alguna manera, a través de la máscara impasible, y luego dirigió nuevamente hacia mí la imagen metálica de su rostro.

¡Adiós, Tarl de Ko-ro-ba! dijo. No te olvides de Dorna la Orgullosa, ya que todavía queda un asunto pendiente entre nosotros.

Sus manos enguantadas se estremecieron violentamente al tirar de la primera rienda y las alas del tarn golpearon estrepitosamente el aire. La canasta permaneció todavía en el piso por un instante, y luego, sujeta al tarn por sus largas cuerdas reforzadas con alambres, se deslizó brevemente por el suelo y ascendió a la zaga del tarn.

Contemplé el canasto que se balanceaba de aquí para allá, mientras se iba alejando de la ciudad.

El sol brilló una vez más sobre la máscara de plata.

Luego el ave fue sólo una mancha en el cielo azul sobre la libre ciudad de Tharna.

Dorna la Orgullosa pudo escapar gracias al sacrificio de Thorn, su primer oficial, aunque resultaba difícil imaginar cuál sería su destino.

Ella había mencionado algo referente a un asunto que había quedado pendiente entre los dos.

Sonreí para mis adentros pensando que no sería fácil que encontrara una oportunidad para dirimirlo. Si llegaba a sobrevivir, podría considerarse afortunada si no terminaba atada a la cadena de un traficante de esclavos.

Quizá se encontraría encerrada detrás de los muros de un jardín de placer de algún guerrero, donde la vestirían con sedas según el gusto de su amo, le colocarían campanillas alrededor de los tobillos y no conocería otra voluntad que la de su señor. Quizás sería adquirida por un tabernero en una cantina de Paga o en una simple taberna de Kal-da, donde tendría que bailar delante de los parroquianos, entretenerlos y servirles la bebida.

Tal vez fuera comprada para servir en la cocina de un cilindro goreano con una vida limitada por los azulejos, el olor a jabón y la tina de lavar. Le darían una estera de paja húmeda y una corta túnica de esclava; recibiría las sobras de los comedores y sería castigada con el látigo si pensaba en abandonar sus habitaciones o sustraerse al trabajo.

Quizá la compraría un campesino para que le ayudara a labrar la tierra. Me preguntaba si en dicho caso, Dorna recordaría con amargura los espectáculos de Tharna. Si había sido destinada para esa suerte miserable, Dorna la Orgullosa, desnuda y sudorosa, con la espalda expuesta al látigo, experimentaría en carne propia que el campesino es un amo muy riguroso.

Pero dejé de lado los pensamientos referidos a la posible suerte que correría Dorna la Orgullosa.

Tenía otras cosas en qué pensar.

En efecto, yo mismo tenía asuntos que atender, y estos asuntos me llevarían a las Montañas Sardar, ya que lo que yo debía dilucidar estaba relacionado con los Reyes Sacerdotes de Gor.

24 - LA BARRICADA

Me agaché y empujé la pesada puerta de la taberna de Kal-da. El cartel “Aquí se vende Kal-da” había sido pintado nuevamente con caracteres vivos. También aparecía pintada en las paredes la desafiante leyenda revolucionaria: “Sa´ng-Fori”. Descendí los escalones anchos y bajos. En esa oportunidad la taberna estaba repleta. Apenas se podía avanzar entre el gentío. El ruido era ensordecedor. Me parecía estar en una taberna de Paga en Ko-ro-ba o en Ar y no en una simple taberna de Kal-da en Tharna. Oía ruidos y las risas alegres de hombres que ya no temían reír o gritar. El tabernero delgado y pelado se encontraba detrás del mostrador. Su frente estaba orlada de sudor y su brillante delantal negro, manchado con especias, jugos y vino. Revolvía enérgicamente en una enorme olla el Kal-da hirviente; sentí su olor inconfundible. Detrás de tres o cuatro mesas se encontraba un grupo de joviales músicos sudorosos sentado sobre la alfombra. Con sus extraños instrumentos: cuerdas, tambores, platillos, interpretaban esa música indescriptible que llegaba hasta las entrañas, las salvajes, conmovedoras, hermosas y bárbaras melodías de Gor. Me asombré al ver esta escena, ya que la Casta de los Músicos, así como la de los Poetas, había sido exiliada de Tharna. Las sobrias máscaras de Tharna opinaban que los artistas no tenían cabida en una ciudad seria y laboriosa, ya que la música, como las canciones y el alcohol, enciende el corazón de los hombres, y una vez que está encendido nadie puede saber hacia dónde puede extenderse la llama. Cuando entré en la taberna los hombres se pusieron de pie, gritaron y levantaron sus copas en forma de saludo. ―¡Tal, Guerrero! ―exclamaron. ―¡Tal, Guerreros! ―respondí y levanté el brazo. Saludé a todos con el título de mi casta, porque sabía que en su lucha colectiva cada uno de ellos había sido un guerrero. Esta había sido la consigna en las minas de Tharna. Kron y Andreas entraron detrás de mí en la taberna, seguidos de Lara y Linna. Me preguntaba qué impresión le causaría a la auténtica Tatrix de Tharna, la taberna de Kal-da. Kron me tomó del brazo y me condujo hasta una mesa ubicada en el centro de la habitación. Tomé la mano de Lara y lo seguí. En los ojos de ésta había una expresión particular y miraba a su alrededor con la curiosidad de un niño. No había imaginado que los hombres de Tharna podían ser de esa manera. De vez en cuando, cuando uno de ellos la miraba con demasiado atrevimiento, bajaba tímidamente la cabeza y se ruborizaba. Luego me senté con las piernas cruzadas detrás de una mesa baja y Lara se arrodilló a mi lado, apoyándose sobre los talones, a la usanza de las mujeres goreanas. Cuando entré, la música cesó por un instante, pero Kron batió las palmas dos veces y los músicos volvieron a sus instrumentos. ―¡Barra libre de Kal-da para todos! ―exclamó Kron, y cuando el tabernero, conocedor de las reglas de su casta, quiso hacer alguna objeción, Kron le arrojó un discotarn de oro. El hombre, encantado, se inclinó para recogerla del suelo. ―Aquí el oro abunda más que el pan ―dijo Andreas, sentado cerca de nosotros. En realidad la comida en las mesas era más bien escasa y sosa, pero eso no perjudicaba en lo más mínimo el buen humor de los hombres allí reunidos. Les sabían como manjares provenientes de las mesas de los Reyes Sacerdotes. El mismo Kal-da maloliente les parecía una bebida fuerte y agradable, mientras gozaban de este primer hartazgo al sentirse hombres libres. Kron batió nuevamente las palmas. Con sorpresa oí un tintineo repentino de campanillas, y delante de nuestra mesa se colocaron cuatro muchachas asustadas, que evidentemente habían sido seleccionadas por su encanto y belleza. Aparte de las campanillas sólo llevaban el rojo traje de baile goreano. Echaron la cabeza hacia atrás, levantaron los brazos y comenzaron a bailar al ritmo bárbaro de la música. Con sorpresa vi que Lara las observaba encantada. ―¿Dónde has encontrado esclavas de placer en Tharna? ―pregunté. Había observado los aros de plata en los cuellos de las bailarinas. Andreas, que acababa de llevarse un trozo de pan a la boca, respondió: ―Detrás de cada máscara de plata existe una esclava de placer en potencia. ―¡Andreas! ―exclamó Linna y simuló querer golpearlo por su atrevimiento, pero él la hizo callar con un beso, y ella empezó a mordisquear en forma juguetona el pedazo de pan que él sostenía aún entre sus dientes. ―¿Es cierto que éstas son máscaras de plata de Tharna? ―pregunté escépticamente a Kron. ―Sí ―respondió―. Están bien ¿verdad? ―¿Cómo aprendieron esto? ―pregunté. Se encogió de hombros. ―Es algo instintivo en las mujeres ―dijo―. Pero naturalmente, éstas no están todavía entrenadas. Me reí para mis adentros. Kron hablaba exactamente como un hombre de cualquier ciudad de Gor, a excepción de Tharna. ―¿Por qué bailan para ti? ―preguntó Lara. ―Si no bailan serán azotadas ―respondió Kron. Lara bajó la mirada. ―¿Veis los collares? ―dijo Kron y señaló las delicadas cintas de plata que rodeaban el cuello de las muchachas. Fundimos las máscaras y utilizamos la plata para hacer los collares. A continuación, aparecieron otras muchachas entre las mesas, que sólo vestían las cortas túnicas de las esclavas y que llevaban collares al cuello. En silencio comenzaron a servir hoscamente el Kal-da que Kron había pedido. Cada una llevaba un pesado jarrón con el líquido maloliente y se lo servía a los hombres. Algunas observaban a Lara con envidia, mientras que otras la miraban llenas de odio. Sus miradas parecían decirle: ¿por qué no estás vestida como nosotras, por qué no llevas tú también un collar? Con sorpresa advertí que Lara se quitó el manto, tomó un jarrón con Kal-da de manos de una muchacha y comenzó a servir a los hombres. Algunas muchachas la miraban agradecidas, porque ella era libre y demostraba con su forma de actuar que no se consideraba superior. ―Ella ―dije a Kron y señalé a Lara― es la Tatrix de Tharna. Cuando Andreas se dio la vuelta para mirarla, dijo suavemente: ―Es realmente una Tatrix. Linna se puso de pie y ella también comenzó a servir. Cuando Kron se cansó de contemplar a las bailarinas, batió palmas y éstas desaparecieron del recinto con su tintineo de campanillas. Kron levantó una copa con Kal-da y me miró. ―Andreas me dijo que te proponías penetrar en las Montañas Sardar ―dijo―; por lo visto no lo has hecho. Quería decirme así que si realmente hubiera estado en las Montañas Sardar no habría regresado. ―Iré a las Montañas Sardar ―dije―, pero antes tengo que ocuparme de un asunto en Tharna. ―Bien ―dijo Kron―, necesitamos tu espada. ―He regresado para devolverle a Lara el trono de Tharna ―dije. Kron y Andreas me miraron sorprendidos. ―No ―dijo Kron―. No sé cómo te habrá embrujado a ti; pero nosotros no volveremos a tener una Tatrix en Tharna. ―¡Representa todo aquello contra lo que hemos luchado! ―protestó Andreas―. Si asciende nuevamente al trono, habremos perdido nuestra batalla. Tharna volvería a ser la misma de antes. ―Tharna ―dije― nunca más será la misma. Andreas movió la cabeza como si procurara entenderme. ―¿Cómo podemos esperar que sea razonable? ―dijo dirigiéndose a Kron―. Al fin y al cabo no es ningún poeta. Kron permaneció serio. ―Y tampoco un metalista ―agregó Andreas esperanzado. Pero Kron siguió serio. Su hosca personalidad, forjada entre yunques y fuelles, no podía tomar a la ligera la atrocidad que yo acababa de decir. ―Antes tendrías que matarme ―dijo Kron. ―¿No seguimos perteneciendo a la misma cadena? ―pregunté. Kron guardó silencio. Luego, sus ojos de un azul acero me miraron y dijo: ―Siempre perteneceremos a la misma cadena. ―Entonces déjame hablar ―dije. Kron asintió. Otros hombres se iban acercando a nuestra mesa. ―Vosotros sois hombres de Tharna ―dije―. Pero los hombres contra los que lucháis también pertenecen a esta ciudad. Un hombre dijo: ―Uno de mis hermanos es soldado de la guardia. ―¿Os parece justo que los hombres de Tharna levanten sus armas unos contra otros, hombres que se hallan dentro de los mismos muros? ―Es triste ―dijo Kron―, pero no podemos evitarlo. ―Podríamos evitarlo ―protesté―. Los soldados y guardias de Tharna han prestado juramento a la Tatrix, pero la Tatrix que defienden es una traidora. La verdadera Tatrix de Tharna, Lara en persona, se encuentra aquí entre nosotros. Kron observó a la muchacha, que no se había enterado de la discusión. Del otro lado del local, vertía Kal-da en las copas levantadas. ―Mientras ella viva ―dijo Kron―, la revolución no estará segura. ―Eso no es cierto ―dije. ―Debe morir ―dijo Kron. ―No ―respondí―. Ella también conoció la cadena y el látigo. Se oyeron exclamaciones de asombro. ―Los soldados de Tharna y sus guardias abandonarán a la falsa soberana para servir a la Tatrix auténtica ―proseguí. ―Si vive… ―dijo Kron observando a la inocente muchacha que estaba del otro lado de la habitación. ―Tiene que vivir ―dije enfáticamente―. Traerá un nuevo amanecer a Tharna. Sólo ella podrá aunar a los soldados y a los rebeldes. Ella tuvo que experimentar en carne propia cuán crueles eran las costumbres de Tharna. ¡Miradla! Y los hombres contemplaron a la muchacha que servía Kal-da con movimientos suaves, que voluntariamente compartía el trabajo con las demás mujeres de Tharna. Ese no era el comportamiento al que estaban habituados por parte de una Tatrix. ―Ella merece gobernar ―dije. ―¡Ella representa aquello contra lo cual luchamos! ―dijo Kron. ―No ―respondí―, vosotros luchasteis en contra de las tradiciones crueles de Tharna. Vosotros luchasteis para salvar vuestro orgullo y para obtener vuestra libertad, no en contra de esta muchacha. ―Hemos luchado en contra de la máscara de oro de Tharna ―exclamó Kron, golpeando la mesa con el puño. El ruido repentino atrajo la atención de todos y todos los ojos miraban en nuestra dirección. Lara dejó el jarrón de Kal-da y vino hacia nosotros. ―Ya no llevo más la máscara de oro ―dijo, dirigiéndose a Kron. Y Kron miró a la hermosa muchacha que estaba de pie delante de él, llena de gracia y dignidad, pero sin rastros de orgullo, crueldad o miedo. ―Mi Tatrix ―murmuró. Marchamos por la ciudad, las calles que íbamos dejando detrás de nosotros estaban colmadas por la presencia de los rebeldes, a la manera de un río grisáceo. Cada uno llevaba su propia arma, pero el sonido de aquellos ríos, que convergían hacia el palacio de la Tatrix, no era ni gris ni sombrío. Era el sonido del canto de labranza, tan lento e irresistible como el deshielo de un río, un himno sencillo y melodioso a la tierra, a los comienzos de la tarea, cuando la tierra es removida o abierta. Eramos cinco quienes encabezábamos aquella fantástica y harapienta procesión: Kron, jefe de los rebeldes; Andreas, un poeta; su mujer, Linna de Tharna, que marchaba con el rostro descubierto; yo, un guerrero de una ciudad devastada y maldita por los Reyes Sacerdotes y una muchacha de cabellos dorados, una muchacha que no llevaba máscara, que había conocido el látigo y el amor, la intrépida y magnífica Lara, auténtica Tatrix de Tharna. No les cabía duda a los defensores del palacio ―que constituían el bastión principal del controvertido régimen de Dorna―, que ese mismo día se definiría la situación y por medio de la espada. Los rumores se nos adelantaban, como si tuvieran alas de tarn, de que los rebeldes habían dejado de lado su táctica de emboscada y evasión y marchaban finalmente hacia el palacio. Una vez más vi delante de nosotros aquella avenida ancha, sinuosa, que luego se estrechaba y que llevaba hacia el palacio de la Tatrix. Los rebeldes comenzaron a ascender el camino empinado cantando. A través de las suelas delgadas de nuestras sandalias se podían sentir claramente las negras piedras del empedrado. Nuevamente vi cómo los muros que bordeaban la calle se elevaban a medida que la avenida se hacía más angosta; pero esta vez, además, un buen trecho antes de llegar a la angosta puerta de hierro, divisamos un terraplén doble que atravesaba la calle, mientras que el segundo muro se elevaba por encima del primero. De este modo los guerreros que intentaran derribar el primer muro podían ser alcanzados por las flechas. El primer terraplén mediría unos cuatro metros de altura y el segundo unos seis metros. Detrás de ellos, pude distinguir el brillo de las armas y el movimiento de los cascos azules. Estábamos al alcance de un tiro de ballesta. Hice una señal a los demás para que se quedaran atrás y armado con un escudo y una lanza, además de mi espada, me acerqué al terraplén. De vez en cuando distinguía sobre el techo del palacio, detrás de ambos terraplenes, la cabeza de un tarn y escuchaba sus gritos. Pero estos animales no serían muy eficaces en la lucha contra los rebeldes. Muchos revolucionarios se habían fabricado grandes arcos y otros estaban armados con lanzas y ballestas de los soldados caídos. No dejaba de ser peligroso para un tarnsman acercarse a los grupos de rebeldes, durante una batalla. Y si los guerreros hubiesen hecho el intento de disparar sobre las calles desde los lomos de los tarns, los revolucionarios se habrían puesto a cubierto hasta que las sombras de los animales hubieran desaparecido, y luego podrían avanzar otros cien metros hacia el palacio. A unos cien pasos del terraplén coloqué a mis pies el escudo y la lanza como señal de una tregua temporal. Una figura apareció sobre el terraplén e hizo lo mismo que yo. A pesar de que llevaba el casco azul de Tharna, reconocí de inmediato a Thorn. Nuevamente me puse en movimiento. El camino me pareció muy largo. Escalón por escalón, fui ascendiendo la calle y me preguntaba si la tregua sería respetada. Si quien dominara el terraplén hubiera sido Dorna la Orgullosa, en lugar de Thorn, un capitán y miembro de mi casta, seguramente mi cuerpo habría sido traspasado por algún proyectil. Cuando por fin llegué sano y salvo al pie del doble terraplén, supe que aunque Dorna la Orgullosa reinara en Tharna, aunque ella estuviera sentada en el trono de oro, en este terraplén valían más las palabras de un guerrero que sus órdenes. ―Tal, guerrero ―dijo Thorn y se quitó el casco. ―Tal, guerrero ―respondí. Los ojos de Thorn me parecieron más claros de lo que yo recordaba y su cuerpo macizo que tendía a la corpulencia había adelgazado y ganado en vigor en las duras batallas de las semanas pasadas. Las manchas rojas que se destacaban en su rostro amarillento parecían menos pronunciadas. Seguía conservando una franja de barba rala a ambos lados del mentón y su pelo largo estaba atado en un nudo mongólico. Me observaba con sus ojos oblicuos. ―Debí matarte en la Columna de los Canjes ―dijo Thorn. Hablé en voz alta para que me pudieran escuchar todos los hombres que se encontraban en el doble terraplén. ―Vengo en nombre de Lara, que es la Tatrix auténtica de Tharna. Envainad vuestras armas. Que la sangre de los hombres de vuestra ciudad no siga siendo derramada. Os lo pido en nombre de Lara y en nombre de la ciudad de Tharna y de sus habitantes. ¡Y lo pido en nombre de los códigos de vuestra propia casta, ya que vuestra espada ha sido comprometida a la verdadera Tatrix, Lara, y no a Dorna la Orgullosa! Pude percibir algo de la reacción de los hombres que se hallaban detrás del terraplén. Thorn también habló en voz alta para que sus hombres lo escucharan: ―¡Lara ha muerto! ¡Dorna es la Tatrix de Tharna! ―¡Yo estoy viva! ―exclamó una voz detrás de mí. Me di la vuelta y comprobé consternado que Lara me había seguido. Si la mataban, a los rebeldes les quedaban pocas oportunidades de vencer y podría ser que la ciudad se sumergiera en una guerra civil interminable. Thorn observó a la muchacha y yo admiré su sangre fría. Su mente debía sentirse confundida, ya que nunca hubiera podido suponer que la Tatrix auténtica se hallara en manos de los rebeldes. ―Esa no es Lara ―dijo fríamente. ―Lo soy ―exclamó ella. ―La Tatrix de Tharna ―dijo Thorn con ironía mirando el rostro de la muchacha― ¡lleva una máscara de oro! ―A la Tatrix de Tharna ―replicó Lara― ya no le place llevar una máscara de oro. ―¿De dónde has sacado esta mujer, esta impostora? ―preguntó Thorn. ―Se la compré a un traficante de esclavos ―respondí. Thorn se rió y sus hombres también se rieron. ―Al traficante de esclavos a quien tú la vendiste ―agregué. Thorn dejó de reír. Les grité a los hombres que se encontraban detrás del terraplén. ―Yo llevé a esta muchacha, vuestra Tatrix, hasta la Columna de los Canjes, donde se la entregué a este oficial, a Thorn, y a Dorna la Orgullosa. Luego, contrariamente a lo que habíamos pactado, fui traicionado, me prendieron y enviaron a las minas de Tharna. Dorna la Orgullosa y Thorn prendieron a Lara, vuestra Tatrix, y la vendieron como esclava. Se la vendieron a Targo, el traficante de esclavos que en este momento se encuentra instalado con su campamento en el mercado de En´Kara. La vendieron por la suma de cincuenta discotarns de plata. ―Eso no es cierto ―exclamó Thorn. Oí una voz detrás del terraplén, una voz joven: ―Dorna la Orgullosa lleva un collar de cincuenta discotarns de plata. ―¡Dorna la Orgullosa es realmente atrevida! ―exclamé―. Ha hecho alarde delante de todos con las monedas por las cuales se le impuso la existencia de una esclava a nuestra Tatrix verdadera, a su rival. Se extendió un murmullo de indignación y algunos gritos de enojo detrás del terraplén. ―Miente ―dijo Thorn. ―Vosotros oísteis ―grité― que me dijo que debía haberme matado en la Columna de los Canjes. Vosotros sabéis que fui yo quien secuestró a vuestra Tatrix en los espectáculos de Tharna. ¿Por qué otro motivo hubiera volado hacia la Columna si no fuera para entregar a mi prisionera al delegado de Tharna? Una voz detrás del terraplén exclamó: ―¿Por qué llevaste tan pocos hombres a la Columna de los Canjes, Thorn de Tharna? Thorn se dio la vuelta, furioso. Yo respondí por él: ―¿Acaso no está claro? Quería proteger el secreto de su plan de secuestrar a la Tatrix y de colocar en su trono a Dorna la Orgullosa. Un segundo hombre apareció sobre el terraplén. Se quitó el casco. Reconocí al joven guerrero cuyas heridas habíamos curado Lara y yo sobre el muro. ―¡Yo creo a este guerrero! ―exclamó señalándome. ―¡Es una treta para dividirnos! ―gritó Thorn― ¡Vuelve a tu puesto! Otros guerreros con sus cascos azules y las grises túnicas de Tharna habían subido a lo alto del terraplén para poder ver mejor lo que ocurría. ―¡Volved a vuestros puestos! ―gritó Thorn. ―¡Vosotros sois guerreros! ―exclamé―. ¡Vuestras espadas están comprometidas a vuestra ciudad y sus muros, a sus habitantes y a la Tatrix! ¡Servidla! ―¡Yo serviré a la verdadera Tatrix de Tharna! ―exclamó el joven guerrero. Saltó del terraplén y colocó su espada a los pies de Lara. ―Recoge tu espada ―dijo ella―, en nombre de Lara, auténtica Tatrix de Tharna. ―Así lo haré ―respondió el joven. Con una rodilla apoyada en el suelo, se encontraba delante de la muchacha y tomó el arma. ―Tomo mi espada ―dijo―, en nombre de Lara, auténtica Tatrix de Tharna. Se puso de pie e hizo un saludo con el arma a la muchacha ―¿Quién es la auténtica Tatrix de Tharna? ―exclamó. ―¡Esta no es Lara! ―gritó Thorn señalando a la muchacha. ―¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? ―preguntó uno de los guerreros desde el muro. Thorn guardó silencio, pues ¿cómo podía pretender saber que la muchacha no era Lara, si presumiblemente nunca había visto el rostro de la verdadera Tatrix? ―Yo soy Lara ―exclamó la muchacha―. ¿No hay ninguno entre vosotros que haya servido en la Cámara de la Máscara Dorada? ¿Ninguno de vosotros reconoce mi voz? ―¡Es ella! ―exclamó un guerrero quitándose el casco―. ¡Estoy completamente seguro! ―Tú eres Stam ―dijo Lara―, primer vigía de la puerta norte y puedes arrojar tu lanza más lejos que cualquier otro hombre de Tharna. Tú fuiste el vencedor en los torneos de En´Kara el segundo año de mi reinado. Otro guerrero se quitó el casco. ―Tú eres Tai ―dijo ella―, un tarnsman, y fuiste herido en la guerra con Thentis un año antes de que yo ascendiera al trono. Un tercer hombre se quitó el casco. ―A ti no te conozco ―dijo Lara. Se oyó un murmullo entre los hombres. ―Ni podrías conocerme ―dijo el hombre―, ya que soy un mercenario de Ar y he venido aquí ahora, cuando comenzó la rebelión. ―¡Es Lara! ―exclamó otro hombre. Saltó del muro y puso su espada a los pies de ella. Nuevamente Lara le pidió que el arma fuese tomada en su nombre y así lo hizo. Uno de los bloques del terraplén cayó sobre la calle. Los guerreros comenzaban a destruirlo. Thorn había desaparecido del muro. Obedeciendo a una señal que les hice con la mano, los rebeldes se acercaron lentamente. Habían depuesto las armas y marchaban cantando hacia el palacio. Los soldados iban apareciendo por encima del terraplén y alegremente se dieron la bienvenida los unos a los otros. Los hombres de Tharna se abrazaban y daban la mano. Rebeldes y defensores se unían en medio de la calle y el hermano buscaba al hermano, allí donde hasta hacía un instante habían sido enemigos mortales. Rodeando a Lara con mi brazo, atravesé el terraplén, seguido por el joven guerrero, otros soldados de Tharna, y Kron, Andreas, Linna y numerosos rebeldes. Andreas había traído consigo el escudo y la lanza que yo había dejado en el suelo como signo de tregua y tomé nuevamente las armas para mí. Nos acercábamos a la pequeña puerta de hierro por la que se entraba al palacio; yo iba a la cabeza. Pedí que me trajeran una antorcha. La puerta no estaba bien cerrada y la abrí de un puntapié, protegiéndome con mi escudo. Pero allí dentro sólo reinaban el silencio y la oscuridad. El rebelde que había sido el primero de nuestra cadena en las minas me entregó una antorcha. La sostuve iluminando la abertura. El suelo parecía sólido, pero ahora ya conocía los peligros que ocultaba. Trajeron una tabla larga del terraplén que colocamos con cuidado sobre el suelo, desde el umbral. Entré con la antorcha levantada, cuidándome de no apartarme de la tabla. Esta vez no se abrió ninguna trampa y me encontré en un corredor angosto y oscuro frente a la puerta del palacio. ―¡Esperad aquí! ―ordené a los demás. No hice caso de las protestas, sino que inicié silenciosamente mi marcha a través del laberinto, ahora oscurecido, de los corredores del palacio. Mi memoria y mi sentido de la orientación me llevaron certeramente de sala en sala, conduciéndome con rapidez hacia la Cámara de la Máscara Dorada. No me encontré con nadie. Este silencio me parecía inquietante y, después de haber estado expuesto a la luz penetrante de la calle, la oscuridad me resultaba opresiva. Sólo escuchaba el sonido silencioso de mis sandalias sobre las baldosas del corredor. Quizá el palacio estuviera desierto. Por fin llegué a la Cámara de la Máscara Dorada. Me apoyé sobre la pesada puerta e hice presión sobre ella, abriéndola. La sala estaba iluminada. En las paredes todavía ardían las antorchas. Detrás del trono de oro de la Tatrix se destacaba la máscara de oro, hecha a semejanza de una mujer hermosa y fría, cuya superficie lustrosa producía aversión vista a la luz de las antorchas. Sobre el trono estaba sentada una mujer que llevaba la vestimenta y la máscara dorada de la Tatrix de Tharna. Alrededor de su cuello colgaba un collar de discotarns de plata. En los escalones delante del trono se encontraba un guerrero totalmente armado, que sostenía en su mano el casco azul de su ciudad. Thorn se colocó lentamente el casco y aflojó la espada en su vaina. Aprestó el escudo e inclinó su lanza larga y gruesa en dirección hacia mí. ―Te estaba esperando ―dijo.

23 - REGRESO A THARNA

Lara y yo subimos a una colina que se encontraba delante del campamento de Targo y miramos a nuestro alrededor. A cierta distancia delante de nosotros, se divisaban los pabellones del Mercado de En´Kara y más lejos los picos rocosos de las Montañas Sardar, sombríos, negros, amenazantes.

Más allá de las luces multicolores del mercado, distinguí el cerco de madera construido con estacas puntiagudas, que separaba el Mercado de las montañas.

Los hombres que querían penetrar en las Montañas, hombres cansados de vivir, jóvenes idealistas, oportunistas que deseaban hallar el secreto de la inmortalidad, todos ellos utilizaban el portón que estaba al final de la calle principal del mercado, un portón doble de vigas negras montado sobre bisagras gigantescas, un portón que se balanceaba, abriéndose en el centro y revelando las Montañas Sardar.

Lara estaba de pie junto a mí. Llevaba la vestimenta de una mujer libre pero no las Ropas de Encubrimiento. Había acortado uno de los hermosos vestidos goreanos de modo que la falda le llegaba sólo hasta las rodillas, y también había achicado las mangas hasta los codos. El vestido era de color amarillo claro, y lo usaba atado con un cinturón rojo. En los pies calzaba unas sencillas sandalias de cuero rojo. Sobre sus hombros llevaba, por sugerencia mía, un pesado manto de lana. Era de color rojo. Supuse que lo necesitaría para abrigarse. Pero pienso que ella más bien lo cogió porque hacía juego con su cinturón.

Sonreí. Lara era libre, y me alegré al ver que parecía feliz.

Se había negado a llevar la acostumbrada Ropa de Encubrimiento. Sostenía que con dicha vestimenta significaría un estorbo mayor para mí. No discutí, pues era cierto. Mientras contemplaba su cabello rubio que ondeaba en el viento, mientras observaba su rostro alegre y hermoso, estaba contento porque había renunciado a la vestimenta tradicional.

Sin embargo, a pesar de mi admiración por la muchacha y por la transformación operada en ella: de Tatrix fría a esclava humillada y finalmente a la magnífica criatura que estaba de pie junto a mí, mis pensamientos vagaban en gran medida por las Montañas Sardar. Me preocupaba la idea de que todavía no había acudido a la cita con los Reyes Sacerdotes.

Presté atención al ruido sordo que llegaba hasta nosotros desde el portón.

Alguien ha ido a las Montañas dijo Lara.

Sí.

Morirá.

Asentí con la cabeza.

Le había contado a Lara mis planes, le había dicho que quería ir a las Montañas y enfrentarme allí a mi destino. Ella había comentado simplemente: ¡Yo te acompañaré!

Ella sabía, tan bien como yo, que nadie regresaba de esas Montañas, y conocía aún mejor que yo, el poder, basado en el terror, que sustentaban los Reyes Sacerdotes.

Y a pesar de todo quería acompañarme.

Eres libre le había dicho.

Cuando era esclava respondió, me hubieras podido ordenar que te siguiera. Ahora que soy libre te acompañaré por decisión propia.

Observé a la muchacha: una muchacha orgullosa y maravillosa estaba a mi lado. Vi que había recogido un talendro en la colina y se lo había puesto en el cabello.

Sacudí la cabeza.

A pesar de que mi voluntad me impulsaba a las Montañas Sardar, a pesar de que en las montañas los Reyes Sacerdotes me esperaban, aún no podía emprender ese viaje. Era inconcebible llevar a la muchacha conmigo, para que fuera destruida como yo. Sacrificar esta vida joven, que apenas había comenzado a conocer las alegrías de los sentidos, que acababa de despertar a la vida y al sentimiento.

¿Qué podría ofrecer yo frente a esto: mi honor, mi sed de venganza, mi curiosidad, mi frustración, mi ira?

La tomé por el hombro y descendimos de la colina. Ella me miró inquisitivamente.

Los Reyes Sacerdotes deberán esperar dije.

¿Qué piensas hacer?

Devolverte al trono de Tharna.

Se apartó de mí con lágrimas en los ojos.

La atraje y la besé con ternura.

Me miró nuevamente con los ojos llenos de lágrimas. dije, lo deseo.

Apoyó su cabeza en mi hombro.

Hermosa Lara dije, perdóname. No puedo llevarte a las Montañas Sardar. Tampoco puedo dejarte aquí. Serías atacada por los animales salvajes o te convertirían nuevamente en una esclava.

¿Es necesario que me lleves a Tharna? preguntó. Odio Tharna.

No tengo ninguna otra ciudad a la cual llevarte dije. Y creo que tú podrías hacer de Tharna una ciudad a la que no odiarías más.

¿Qué debo hacer? preguntó.

Eso lo debes decidir tú sola.

La besé.

Tomé su rostro entre mis manos y la miré a los ojos.

dije con orgullo, tú eres capaz de reinar.

Sequé las lágrimas de sus ojos.

Nada de lágrimas, pues eres la Tatrix de Tharna.

Levantó la vista y sonrió, con una sonrisa triste.

Naturalmente, Guerrero, no debe haber lágrimas, ya que yo soy la Tatrix de Tharna y una Tatrix no llora.

Sacó la flor de talendro de sus cabellos.

La recogí del suelo y volví a prendérsela al pelo.

Te amo dijo.

No es fácil ser la Primera Mujer de Tharna contesté, y descendimos la colina, alejándonos de las Montañas Sardar.

El fuego que había empezado a arder en las Minas de Tharna todavía no había sido sofocado. La sublevación de los esclavos se había extendido desde las Minas hasta las Grandes Granjas. Los esclavos se habían liberado de sus cadenas y habían tomado las armas. Hombres enfurecidos, provistos con cualquier arma que tuvieran disponible, vagaban por todo el territorio, eludiendo el encuentro con los soldados de Tharna, y robaban graneros, prendían fuego a los edificios y liberaban a otros esclavos.

La rebelión avanzaba de granja en granja y la entrega de provisiones para la ciudad, proveniente de las granjas, era cada vez más esporádica hasta que finalmente cesó por completo. Los esclavos segaban o quemaban todo aquello que no podían consumir u ocultar.

A no más de dos horas de marcha de la colina, donde había tomado la decisión de devolver a Lara nuevamente a su ciudad, el tarn nos había encontrado, tal como yo lo había supuesto. El ave anduvo rondando por los alrededores, como ya lo había hecho en la Columna de los Canjes, y su paciencia fue recompensada. Aterrizó a cincuenta metros de nosotros y corrimos hacia él; Lara me seguía a alguna distancia con cierto temor.

Me alegré tanto que abracé al monstruo negro.

Sus ojos negros y brillantes me observaban, sus enormes alas se agitaron, el pico se elevó hacia el cielo y resonó el grito estridente del tarn.

Lara retrocedió espantada cuando el inmenso animal se me acercó con su pico.

No me moví cuando los bordes agudos de su pico se cerraron cariñosamente alrededor de mi brazo. Con un solo movimiento de cabeza me hubiera podido separar el miembro de mi cuerpo. Pero su gesto tenía algo de tierno. Le di una palmada en el pico, hice montar a Lara sobre el ancho lomo del animal y salté arriba, detrás de ella.

Una vez más me inundó esa indescriptible excitación, la que creo era compartida por Lara. ¡Primera rienda! exclamé, y nuevamente el enorme tarn alzó vuelo.

Durante el vuelo vimos debajo de nosotros muchos campos de Sa-Tarna carbonizados. La sombra del tarn se deslizaba sobre edificios totalmente quemados, sobre corrales en los cuales había sido robado el ganado y sobre huertas que ya no eran otra cosa que árboles derribados; las hojas y los frutos estaban secos y podridos.

Lara comenzó a llorar cuando vio la desolación en que se hallaba sumido su país.

Es cruel lo que han hecho dijo Lara.

También es cruel lo que se les ha hecho a ellos respondí. Lara guardó silencio.

El ejército de Tharna había atacado aquí y allá, en supuestos escondites de los esclavos, pero en muy pocos casos había encontrado algo. A lo sumo eran objetos inservibles y cenizas de los fuegos de campamentos. Los esclavos, avisados de antemano del avance de las tropas por otros esclavos o por campesinos empobrecidos, escapaban a tiempo para atacar tan sólo cuando estaban preparados, fuertes, y el ataque se realizaba por sorpresa.

Las expediciones de los tarnsmanes eran más eficaces, pero las bandas de esclavos, que ya casi llegaban a tener la magnitud de regimientos, avanzaban por lo general sólo durante la noche, y durante el día se mantenían escondidas. Con el transcurso del tiempo, a la reducida caballería de Tharna le resultó peligroso enfrentarse con ellos y exponerse así al ataque de proyectiles que parecían surgir de la tierra misma.

A menudo se preparaban emboscadas: grupos pequeños de esclavos se dejaban perseguir hasta los desfiladeros rocosos en los alrededores de Tharna, y allí, bandas ocultas atacaban a sus perseguidores. Cuando los tarnsmanes descendían para apresar a un esclavo, eran alcanzados por innumerables flechas arrojadas por centenares de hombres.

Quizás con el tiempo se hubieran podido disolver y destruir estas bandas valientes pero indisciplinadas de esclavos, si la revolución que se había iniciado en las minas y extendido hasta las Grandes Granjas no hubiera comenzado a invadir también la ciudad.

No sólo los esclavos de la ciudad enarbolaban el estandarte de la resistencia, sino también algunos hombres de las castas inferiores, cuyos hermanos o amigos habían sido enviados a las minas o a los espectáculos, se atrevían por fin a apoderarse de sus herramientas de trabajo y enfrentarse con ellas a guardias y soldados. Se decía que el levantamiento en la ciudad lo conducía un hombre bajo y corpulento de ojos azules y cabeza rapada, un hombre de la Casta de los Metalistas.

Algunos barrios de la ciudad habían sido totalmente quemados para exterminar a los elementos insurrectos, y este acto cruel trajo como consecuencia que hombres indecisos y confundidos hicieran causa común con los rebeldes. Se decía que zonas enteras de la ciudad habían caído en manos de los revolucionarios. Las máscaras de plata de Tharna, en lo posible, habían escapado a las partes de la ciudad que se encontraban aún bajo la influencia de los soldados. Muchas permanecían, según se decía, dentro de las murallas del palacio real. Se desconocía la suerte de las mujeres que no habían podido escapar de los rebeldes.

En las últimas horas de la tarde del quinto día, divisamos a lo lejos los muros grises de Tharna. Ninguna patrulla se interpuso en nuestro camino. Aquí y allá veíamos tarnsmanes entre los cilindros, pero nadie intentó detenernos.

En muchos lugares había columnas de humo sobre la ciudad, que ascendían lentamente hacia el cielo azul.

El portón principal de Tharna estaba abierto, inclinado sobre sus bisagras, y pequeñas figuras entraban y salían corriendo. En el comercio no parecía reinar ningún movimiento. Fuera de los muros, varios edificios pequeños habían sido totalmente quemados. En la muralla misma, sobre el portón principal, habían garabateado las palabras “Sa´ng-Fori”, lo que traducido literalmente significa “sin cadenas”, aunque quizás fuera más correcto traducirlo simplemente como “Libertad”.

Hicimos aterrizar al tarn, sobre el muro, cerca del portón. Puse al ave en libertad. No había ninguna jaula de tarn en las proximidades, para guardarlo, pero aunque hubiera existido, lo hubiera puesto de mala gana en manos de los cuidadores de tarns de la ciudad. No sabía quién estaba de parte de los rebeldes y quién no. Después de todo, quizás quería que el animal estuviera libre en caso de que no se cumplieran mis deseos, en caso de que la Tatrix y yo tuviéramos que morir en alguna apartada calle de Tharna.

En lo alto del muro vimos la silueta de un vigía caído, que se movía con dificultad. Dejó escapar un grito de dolor. Aparentemente se le había dado por muerto, y estaba volviendo lentamente en sí. La túnica gris con las franjas rojas en su hombro estaba manchada de sangre.

Le aflojé el casco y se lo saqué de la cabeza; estaba roto por un lado, una rotura tal vez ocasionada por un hachazo. La correa del casco, el revestimiento de cuero y el cabello rubio del soldado estaban empapados en sangre. Era muy joven todavía.

Al verme quiso sacar su espada, pero la vaina estaba vacía.

No te muevas le dije y examiné su herida. El casco había atenuado el golpe, pero el filo del arma había penetrado en la carne, haciendo sangrar la herida. Probablemente se había desvanecido por el impacto del golpe, y la sangre había persuadido a los atacantes de que allí no había nada más que hacer.

Con un pedazo de tela del vestido de Lara vendé la herida. Estaba limpia y no era muy profunda.

Todo está en orden dije.

Él nos observaba. ¿Estáis de parte de la Tatrix? preguntó.

respondí.

Yo peleé por ella dijo el joven, apoyándose en mi brazo. He cumplido con mi deber.

Intuí que no había sentido ningún placer en cumplir con esa obligación, que quizás íntimamente estaba de parte de los rebeldes, pero su orgullo de casta no le había permitido vacilar en su puesto. A pesar de su juventud, ya conocía la lealtad ciega del guerrero, una lealtad que yo respetaba, y que quizá no era más ciega que la que yo mismo había experimentado en ocasiones. Tales hombres eran enemigos temibles, aunque sus espadas estuvieran al servicio de la causa más despreciable.

Tú no luchaste por tu Tatrix dije tranquilamente.

El joven se sobresaltó. Sí, yo luché por ella exclamó.

No dije, tú luchaste por Dorna la Orgullosa pretendiente al trono de Tharna, una traidora y usurpadora.

El joven abrió los ojos desmesuradamente contemplándonos.

Aquí dije y señalé a la hermosa muchacha que estaba a mi lado está Lara, la auténtica Tatrix de Tharna.

Sí, valiente soldado dijo la muchacha, colocando suavemente su mano sobre la frente del hombre, como si quisiera tranquilizarlo, yo soy Lara.

El vigía se agitó en mis brazos, cayó hacia atrás y cerró los ojos, dolorido.

Lara dijo con los ojos cerrados fue secuestrada por un tarnsman que participaba de los espectáculos.

Yo soy ese hombre dije.

Sus ojos, de un azul grisáceo, se abrieron lentamente y me examinaron durante un largo rato. Gradualmente el joven pareció reconocerme. dijo, recuerdo.

El tarnsman dijo Lara suavemente me llevó a la Columna de los Canjes. Allí fui tomada prisionera por Dorna la Orgullosa y Thorn, su cómplice, y vendida a un traficante de esclavos. El tarnsman me ha liberado y me devuelve a mi pueblo.

Yo he luchado por Dorna la Orgullosa dijo el joven; había lágrimas en sus ojos. Perdóname, auténtica Tatrix de Tharna.

Si no hubiera estado prohibido que él, un hombre de Tharna tocara a una mujer de Tharna, seguramente habría extendido su mano hacia ella.

El joven advirtió con sorpresa que Lara tomaba su mano entre las suyas. Has obrado bien dijo, estoy orgullosa de ti.

El joven cerró los ojos, relajándose en mis brazos.

Lara me miró llena de temor.

No dije, no está muerto. Es joven y ha perdido mucha sangre.

¡Mira! exclamó la muchacha y señaló hacia el muro en toda su extensión.

Unas seis figuras grises con lanzas y escudos se acercaban corriendo.

Vigías dije, y desenvainé mi espada.

De repente vi el movimiento de los escudos que se colocaban en posición oblicua, vi cómo los brazos derechos se levantaban, cómo aparecían las puntas de las lanzas en alto, sin que los hombres se detuvieran en su marcha. Pronto las seis lanzas volarían dirigidas hacia nosotros.

Sin perder un instante puse la espada en el cinto y tomé a Lara por la cintura. Como se resistía la hice correr a mi lado.

¡Espera! me pidió. ¡Quiero hablar con ellos!

La tomé en mis brazos y seguí corriendo.

Apenas habíamos alcanzado la escalera de caracol que descendía de lo alto del muro, cuando las seis puntas de lanza se clavaron en la pared, encima de nuestras cabezas.

En cuanto hubimos llegado a la base del muro nos mantuvimos pegados a éste, para no ofrecer un blanco a las lanzas. Por otra parte, no creía que los hombres arrojarían sus armas desde allí arriba, pues dieran o no en el blanco, debían bajar del muro para recuperarlas, y la persecución de dos rebeldes no debía parecerles tan importante.

Lentamente fuimos avanzando a través de las calles tenebrosas y cubiertas de sangre de Tharna. Algunos edificios estaban totalmente destruidos, los negocios, clausurados, y por todas partes se encontraba basura desparramada. Las calles, en su gran parte, estaban desiertas. Solamente se veía algún muerto aquí o allá; a veces, el cadáver de un guerrero de Tharna, más frecuentemente el de uno de sus ciudadanos vestidos de gris. En muchos muros se había inscrito la consigna: “Sa´ng-Fori”.

A través de las rendijas de las ventanas ojos asustados nos atisbaban por momentos. Sospechaba que en toda Tharna no habría una puerta que no tuviera echados los cerrojos.

¡Alto! gritó una voz y nos detuvimos.

Por detrás y por delante de nosotros aparecieron hombres como surgidos de la nada. Algunos sostenían ballestas, por lo menos cuatro tenían lanzas, algunos llevaban espadas, pero muchos no tenían otra cosa que una cadena o una estaca afilada.

¡Rebeldes! exclamó Lara.

dije.

Pudimos captar la expresión de desafío en sus rostros. La resolución, la capacidad de matar de aquellos ojos, que a causa de la falta de sueño estaban inyectados de sangre, el aspecto desolador de los cuerpos vestidos de gris, hambrientos y consumidos por las luchas callejeras.

Lentamente desenvainé mi espada y retiré a la muchacha hacia un lado, contra el muro.

Uno de los hombres se rió.

Yo también sonreí, ya que la resistencia no tenía ningún sentido; sin embargo sabía que me resistiría, que no me desarmarían hasta caer muerto sobre las piedras de la calle.

¿Pero qué sería de Lara?

¿Qué harían con ella estos hombres enloquecidos y desesperados? Observé a mis enemigos harapientos, algunos de los cuales habían sido heridos. Estaban sucios, agotados, furiosos, quizás famélicos. Probablemente matarían a Lara de espaldas al muro en el que se apoyaba. Sería una muerte brutal pero rápida.

Las lanzas estaban dirigidas hacia nosotros, las ballestas, preparadas. Incluso las cadenas fueron sujetas con más firmeza y las pocas espadas de que disponían, dispuestas a atacarme.

¡Tarl de Ko-ro-ba! exclamó una voz, al tiempo que vi a un hombre pequeño y delgado con un mechón de cabello rubio, que se abría paso entre los demás.

Era el hombre que estaba al comienzo de la cadena de la mina, el primero, por lo tanto, en ascender por el pozo que lo llevaría desde el cautiverio a la libertad.

En su rostro resplandecía la alegría y me abrazó.

¡Es él! exclamó. ¡Tarl de Ko-ro-ba!

De inmediato advertí con asombro cómo los rebeldes depusieron su actitud hostil y lanzaron un grito de alegría. Me tomaron en brazos y me levantaron sobre sus hombros. Me llevaron en volandas por las calles, donde se nos unieron otros rebeldes que iban apareciendo en las puertas y ventanas, algunos incluso parecían brotar de entre las grietas del empedrado, formando una especie de caravana triunfal. Estos hombres extenuados, pero también trasformados, comenzaron a cantar. Reconocí la canción. Era la canción de la labranza, que había escuchado entonar a un campesino en las minas. Se había convertido en el himno de la revolución.

Lara, no menos asombrada que yo, corría junto a nosotros y procuraba no alejarse de mí.

Así fui llevado de calle en calle sobre las espaldas de los hombres, acompañado de exclamaciones alegres. A mi alrededor se levantaban armas a modo de saludo y en mis oídos resonaba la canción de la labranza. Fui llevado a la taberna de Kal-da que recordaba tan bien, donde había cenado en Tharna y me había despertado traicionado por Ost. La taberna se había convertido en el cuartel general de la revolución, tal vez porque los hombres de Tharna recordaban que fue allí donde habían aprendido a cantar.

Delante de la pequeña puerta volví a encontrarme con la enorme figura de Kron, de la Casta de los Metalistas. El gran martillo colgaba de su cinto y sus ojos brillaban llenos de alegría. Sus manos grandes y llenas de cicatrices se extendieron hacia mí.

Con alegría descubrí a su lado el rostro sonriente de Andreas, cuya frente desaparecía bajo los enormes mechones negros de su cabello. Detrás de él, estaba la deslumbrante Linna de Tharna. Llevaba la vestimenta de una mujer libre.

Andreas se abrió paso entre los hombres que estaban junto a la puerta y corrió a mi encuentro. Asió mis manos y me llevó a la calle, tomándome por los hombros y riendo alegremente.

¡Bienvenido a Tharna! dijo. ¡Bienvenido a Tharna!

dijo Kron, que lo seguía de cerca y me tomó por el brazo. ¡Bienvenido a Tharna!